sábado, 6 de septiembre de 2014
Canto XXXIII Infierno
De ahí pasamos al recinto donde el hielo oprime con fuertes ligaduras a los penitentes, pero ellos no se encuentran con la frente baja, sino con la boca arriba, con lo que su mismo llanto los ahoga, por lo que no pueden llorar, y entonces el dolor, que no encuentra consuelo en el llanto, se mete a sus adentros para aumentar su angustia. Las pocas lágrimas que salen de sus ojos rápidamente se congelan y forman una capa cristalina sobre los ojos de los condenados, llenando la concavidad debajo de sus cejas.
Pero entonces escuchamos los gritos de uno de los penitentes: -¡Ah ustedes, malvados que van en camino hacia el círculo postrero, por piedad, aparten estos pesados velos que se han formado en mis ojos!, entonces yo podré llorar hasta que pueda desahogar por lo menos el gran dolor que anida en mi corazón, antes de que se vuelvan a congelar mis lágrimas.
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